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¿Sabes por qué el año tiene doce meses?

Sabemos que un año es el tiempo que tarda la Tierra en dar una vuelta alrededor del sol, pero... ¿por qué razón el año se dividió en doce meses? ¿Y por qué algunos meses duran más que otros? En este articulo descubrirás cosas muy interesantes sobre nuestro calendario

Marc Redondo Marc Redondo Juan Antonio Palma 04 Ene 2018 - 16:11 UTC
Calendario
¿Por qué dividimos el año en doce meses?

Poniéndonos a pensar detenidamente por qué el año se divide en doce meses, llegaremos a la conclusión de que podría no tener ningún sentido. Así mismo, podríamos decir que dividir el año en 365 días tampoco tendría algún sentido, pero en este caso, todos los días duran lo mismo porque tienen la misma cantidad de horas.  

Veamos primero qué significa la palabra mes. Aunque su origen no queda muy claro, parece que proviene de mensis, del latín, y a su vez, del griego mene, que quiere decir luna. Así que con esto ya sabemos que el mes y la luna tienen algún tipo de relación. Pero cada mes lunar, también denominado lunación, dura 29 días. Exactamente 29,53. Los meses, salvo febrero, duran de 30 a 31 días. Así que entre el mes actual que nosotros conocemos y un periodo lunar hay una diferencia notable.

El ser humano se dio cuenta de que una buena manera de medir el paso del año podía ser tomando como referencia la luna, debido a la regularidad de su movimiento y de sus fases. Los primeros calendarios recurrían a la fase de luna nueva como la que indicaba el inicio de cada mes.


Los romanos y el origen de nuestro calendario

Fueron los romanos los que pusieron nombre a los meses. Específicamente Rómulo, fundador de Roma. En ese tiempo la luna marcaba la duración del mes. Su calendario tenía exáctamente diez meses, siendo marzo el primero del año y diciembre el décimo. Algo de esto nos suena familiar, especialmente los meses de septiembre (el séptimo), octubre (el octavo), noviembre (el noveno) y diciembre (el décimo). 

La luna
La luna era una buena referencia y marcaba el inicio de cada mes.

Tratándose de un calendario de diez meses, y siendo cada uno de ellos de 29 días, se quedaba corto. Obviamente duraba menos de 365 días. Desde diciembre hasta marzo había unas semanas que no correspondían a ningún mes. Prácticamente quedaban fuera del calendario. Se sospecha que esto era así porque en ese periodo de tiempo no había cosechas debido al frío de invierno y no era necesario el calendario hasta la luna nueva que marcaba el inicio del nuevo año en marzo. 

El espacio vacío que quedaba sin calendario fue ocupado por los dos meses que nos faltan: enero y febrero. Fue el sucesor de Rómulo, Numa Pompilio, el segundo rey de Roma, quien aplicó esta reforma. De todas maneras, a pesar de contar ya con doce meses, seguían siendo lunares. Es decir, de 29 días. Seguían quedándose cortos. Es entonces cuando se inventaron meses intercalares, que se añadían cada determinado tiempo para ajustar el calendario a la duración real del año. Y también se amplió la duración de algunos de ellos a 31 días. ¿Y por qué no a 30? Porque los romanos eran muy supersticiosos y pensaban que los números pares podían traer mala suerte.

¿Tenemos el calendario perfecto?

A lo largo de la historia se dieron muchas modificaciones del calendario. Meses que se añadían para cuadrar los años, meses que se alargaban o se acortaban a su antojo... Podríamos pensar, que hasta el día de hoy ya contamos con un calendario perfecto, pero no es el caso ya que se hacen ajustes para empatarlo. Tenemos que que inventar un día cada cuatro años. ¿Y los meses? Algunos de 30 días, otros de 31 y uno de 28, que cada cuatro años tiene 29. Aunque no lo creamos, es un calendario, notablemente imperfecto.  

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