¿Debería la agricultura replantearse su dependencia de los fertilizantes fosfáticos ante el cambio climático?

En Francia se podría prescindir de los fertilizantes fosfatados durante varias décadas. Pero, a largo plazo, ¿puede nuestra agricultura seguir siendo productiva sin replantear fundamentalmente sus prácticas?

Durante siglos, los suelos agrícolas proporcionaron naturalmente este nutriente.
Durante siglos, los suelos agrícolas proporcionaron naturalmente este nutriente.

El fósforo se encuentra en todas partes. En su estado puro, este elemento químico puede existir en forma sólida; sin embargo, en los suelos agrícolas, las plantas o los alimentos, nunca está presente de forma visible. Simplemente se halla disuelto en el agua del suelo o unido químicamente a otros elementos, tales como el calcio, el hierro o la materia orgánica.

Es esencial para todas las formas de vida: constituye un componente clave del ADN, participa en la transferencia de energía celular y proporciona soporte estructural a las membranas celulares. Sin él, una semilla no podría desarrollarse hasta convertirse en una planta.

Un nutriente vital... convertido en dependencia agrícola

Presente de forma natural en los suelos, este nutriente tiene su origen en la meteorización de las rocas. En Europa y, en particular, en Francia los suelos son relativamente ricos. No obstante, su capacidad para nutrir los cultivos depende de la disponibilidad del fósforo; es decir, de su capacidad para ser absorbido por las raíces de las plantas.

De hecho, a diferencia del agua, el fósforo es relativamente inmóvil: una planta solo puede absorberlo de una zona que se extiende aproximadamente un milímetro alrededor de sus raíces. Esta limitación explica por qué la agricultura moderna ha evolucionado gradualmente hacia el uso de fertilizantes.

El uso generalizado de fertilizantes fosfatados comenzó en el siglo XX, acelerándose de manera significativa tras la Segunda Guerra Mundial. Los rendimientos de los cultivos se dispararon; la producción de trigo, por ejemplo, se ha triplicado desde 1961. Sin embargo, esta revolución también transformó profundamente los sistemas agrícolas.

El legado de un siglo de agricultura intensiva

Las vastas llanuras cerealistas importan fertilizantes, mientras que las regiones ganaderas acumulan residuos animales. Este desequilibrio da lugar a la contaminación, como es el caso de las proliferaciones de algas verdes vinculadas a la eutrofización.

No obstante, este uso intensivo ha dejado tras de sí un legado inesperado: hoy en día, aproximadamente el 60 % del fósforo presente en los suelos franceses proviene de aplicaciones de fertilizantes realizadas en el pasado.

Esta reserva oculta lo cambia todo. Las investigaciones indican que podría satisfacer las necesidades agrícolas durante casi 60 años sin que se produzca una merma significativa en los rendimientos. Esta perspectiva pone en tela de juicio una noción profundamente arraigada: la de una dependencia total de los fertilizantes.

Un modelo agrícola bajo presión ambiental y sanitaria*

Detrás de esta dependencia de los fertilizantes fosfatados acechan consecuencias de gran envergadura. Su uso contribuye, en particular, a la contaminación por cadmio: un metal pesado cancerígeno que se acumula en el organismo humano. En Francia, los niveles observados en los niños cuadruplican los registrados en otros países occidentales.

Los impactos no terminan ahí. El uso masivo de fertilizantes químicos perturba los ecosistemas acuáticos, desencadenando la eutrofización: proliferaciones de algas que asfixian la vida marina. A esto se suma un desafío climático: la industria de los fertilizantes representa aproximadamente el 2.4 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero, impulsadas principalmente por el óxido nitroso, un gas con un potencial de calentamiento global 265 veces superior al del CO₂.

Esta dependencia plantea también una cuestión de soberanía. Casi el 80 % de los fertilizantes utilizados actualmente son importados, en un contexto de inestabilidad geopolítica. En el caso del fósforo, esta dependencia es aún más acentuada: el 70 % de las reservas mundiales se concentran en Marruecos y el Sáhara Occidental.

Hacia una agricultura más autónoma y resiliente

A corto plazo, Francia dispone de un margen de maniobra real para reducir su uso de fertilizantes fosfáticos. Sin embargo, a largo plazo, las simulaciones arrojan una conclusión inequívoca: sin aportes externos, la disponibilidad de fósforo disminuirá gradualmente, provocando una caída en la producción que podría alcanzar el 30 % a nivel mundial en los próximos 100 años.

No obstante, es preciso aclarar un punto que suele generar confusión: prescindir de los fertilizantes fosfáticos no significa prescindir del fósforo. Este elemento sigue siendo esencial para la vida. El verdadero desafío reside en otro lugar: reducir nuestra dependencia de los fertilizantes fosfáticos químicos en favor de ciclos más naturales y circulares.

El reciclaje de efluentes agrícolas, el retorno a la agricultura mixta (agrícola-ganadera), la expansión del cultivo de leguminosas, el compostaje o incluso el aprovechamiento de los residuos humanos que podría cubrir hasta el 35 % de las necesidades de fertilización, representan soluciones que abren perspectivas concretas.

Estos enfoques se fundamentan en un principio sencillo: devolver al suelo aquello que este ya nos proporciona, en lugar de importar recursos masivamente.

Esta transición conlleva transformaciones profundas: en la organización de los paisajes agrícolas, en las prácticas de cultivo e incluso en los hábitos alimenticios. Producir de manera diferente, significa ante todo consumir de manera conciente.

Referencia de la noticia

Demay, J., Ringeval, B., & Pellerin, S. (2026, avril 15). Peut-on se passer d’engrais phosphatés ?