El Sol es el verdadero motor de los huracanes: así es como la radiación solar despierta a los monstruos del océano

El viento y la lluvia son solo la parte visible de un huracán. Detrás de su enorme fuerza, se esconde un proceso que comienza mucho antes, mientras el Sol calienta los océanos.

El océano es la mayor reserva de calor del planeta, almacenando la energía solar durante semanas, meses e incluso años.
El océano es la mayor reserva de calor del planeta, almacenando la energía solar durante semanas, meses e incluso años.

¿Qué te viene a la mente cuando piensas en un huracán? Solemos imaginar vientos devastadores, lluvias torrenciales y oleaje intenso. Pero detrás de esa fuerza, muchas veces arrasadora, existe un protagonista mucho menos evidente.

Gracias a su enorme capacidad para almacenar calor, cuatro veces mayor que la del aire, los océanos se convierten en el gran reservorio de energía del sistema climático.

Todo comienza con el Sol. Alrededor del 50 - 51 % de la radiación solar que llega a nuestro planeta es absorbida por la superficie terrestre, y la mayor parte la absorben los océanos, debido a su mayor extensión. Sin esta energía, los ciclones tropicales simplemente no podrían formarse.

El océano: una batería que se carga por el Sol

Durante meses, especialmente en las zonas tropicales, el mar absorbe una gran cantidad de la energía solar y la almacena en forma de calor. No se trata solo de que se caliente su superficie, sino de que el océano acumule suficiente energía en sus capas superiores, una reserva conocida como contenido de Calor oceánico.

En el Atlántico Norte y el Pacífico Nororiental, septiembre concentra más huracanes porque el océano ya almacenó durante el verano gran parte de la energía solar.
En el Atlántico Norte y el Pacífico Nororiental, septiembre concentra más huracanes porque el océano ya almacenó durante el verano gran parte de la energía solar.

El siguiente paso comienza cuando el agua empieza a evaporarse. Ese vapor asciende hacia la atmósfera y, al enfriarse, se condensa formando nubes y lluvia. Durante este proceso libera una gran cantidad de calor latente, una energía que a su vez calienta el aire circundante y lo hace ascender aún más.

Cuando la temperatura superficial del mar supera los 26.5 °C y esa agua cálida se extiende varias decenas de metros hacia el fondo, el océano reúne el combustible necesario para la formación de un ciclón tropical.

Es ese ascenso el que reduce la presión en superficie, favoreciendo la entrada de aire más húmedo desde los alrededores. A medida que este ciclo se repite, el sistema se va fortaleciendo, como un motor que se alimenta constantemente por el océano cálido.

Por eso, cuando un ciclón atraviesa aguas más frías o cuando remueve el agua superficial y hace aflorar agua profunda más fría, se debilita. Al agotarse la energía almacenada en el océano, el motor comienza a quedarse sin combustible.

No basta con agua caliente

Pero el calor oceánico por sí solo no basta. También se necesitan condiciones atmosféricas favorables. El viento debe variar poco con la altura, lo que se conoce como baja cizalladura. Además, necesita suficiente humedad en niveles medios de la atmósfera y la acción de la fuerza de Coriolis, que le permite hacer su giro característico.

Así que, la próxima vez que veas imágenes de un huracán desde el espacio, recuerda que su fuerza no nació de un día para otro. Es el resultado de semanas o incluso meses de energía solar acumulada en el océano, esperando ese momento en que se transforma en uno de los fenómenos más poderosos del planeta.