Polinesia Francesa crea el santuario marino más grande del mundo
En el corazón del Pacífico, la Polinesia Francesa decidió proteger el océano que la sostiene. Un santuario marino sin precedentes que redefine cómo cuidar el mar en un planeta que se calienta.
El océano no empieza en la orilla. Empieza mucho antes, en el silencio profundo donde migran las ballenas, en los arrecifes que respiran despacio, en corrientes invisibles que conectan islas separadas por miles de kilómetros.
En esa vastedad azul se extiende la Polinesia Francesa: una colectividad de ultramar formada por más de un centenar de islas y atolones, de las que solo 67 están habitados. Allí, el océano no es solo paisaje, es territorio vivido. Durante siglos, sus pueblos han navegado, pescado y leído el mar como un sistema de señales, corrientes y ciclos, desarrollando una cultura profundamente oceánica.
Y bajo ese contexto de mar, se tomó una decisión histórica. El presidente, Moetai Brotherson, la anunció el 8 de junio de 2025, en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre los Océanos (UN Ocean Conference) celebrada en Niza, Francia. Un anuncio que habla de una relación ancestral con el mar, de soberanía ambiental y de acción climática.
En ese foro internacional dedicado a la conservación de los océanos, Brotherson presentó el compromiso de designar prácticamente toda la zona económica exclusiva como área marina protegida, bajo el nombre de Tainui Atea. Un nombre que, en lenguas polinesias, se asocia a la idea de “gran espacio abierto”, “océano sin límites” o “vastedad compartida”.
En un mundo donde los mares se calientan, se acidifican y se vacían de vida, la Polinesia Francesa ha decidido que su mayor territorio —el mar— no es una frontera abierta, sino un espacio que se cuida. Una decisión que puede redefinir qué significa gobernar el océano en pleno siglo XXI.
Un océano como territorio, no como frontera
La Polinesia Francesa es pequeña en tierra, pero gigante en mar. Con sus 3,827 km², en tierra firme, tiene un tamaño comparable a un par de veces la Ciudad de México. Pero, vista desde el océano, es inmensa. Posee uno de los territorios oceánicos más extensos del planeta gracias a su zona económica exclusiva.
Sus islas están muy dispersas y cada una genera su “círculo” de ZEE. Al sumarlos, el ZEE polinesio se extiende millones de kilómetros cuadrados (más de 4.8 millones de km²), siendo miles de veces mayor que su tierra emergida. Y en esa inmensidad, alberga arrecifes coralinos, montes submarinos y rutas migratorias clave para especies como tiburones, tortugas y ballenas.
La decisión de convertir prácticamente toda esa extensión en un santuario marino implica reconocer una realidad geográfica y cultural. Allí, el océano no es periferia, es centro. Es una nación de mar, protegiendo su azul. Un azul que no es solo recurso, es identidad, alimento, memoria y futuro.
Definiendo “santuario”
Por su extensión, la ZEE polinesia es clave en la conservación de la biodiversidad marina. A diferencia otras áreas protegidas concebidas como espacios aislados, el modelo polinesio integra distintos niveles de protección. Incluye zonas de conservación estricta, donde la actividad humana será mínima o inexistente, junto con áreas de uso regulado que permiten la pesca artesanal y tradicional.
La pesca industrial, en cambio, queda severamente restringida, al igual que actividades de alto impacto como la minería submarina. El objetivo no es convertir al océano en una postal intocable, sino garantizar que siga siendo un sistema vivo, productivo y resiliente, tanto ecológica como socialmente.
Porque la conservación no funciona si excluye a quienes han vivido del mar durante generaciones. En muchas islas del Pacífico, el manejo tradicional del océano —ese que sí se basa en vedas temporales, respeto a los ciclos naturales y conocimiento local— ha sido durante siglos una forma efectiva de protección ambiental.
Biodiversidad y acción climática a gran escala
El santuario polinesio protege uno de los patrimonios marinos más ricos del planeta. Sus aguas albergan un ecosistema excepcionalmente rico y diverso. La combinación de arrecifes coralinos, lagunas protegidas y mares abiertos crea una gran variedad de hábitats, favoreciendo una gran diversidad de especies.
Más de 1,000 especies de peces y 176 de coral conviven en arrecifes que están entre los más saludables del planeta. Los de Fakarava (Reserva de la Biosfera de la UNESCO), son famosos por sus concentraciones de vida marina y atractivos de buceo. Y, además, actúan como barreras naturales frente al oleaje y las tormentas, almacenan carbono y sostienen cadenas alimentarias completas.
En estas regiones también es común ver tortugas marinas (como verdes, carey y cabezona), delfines y ballenas jorobadas, que usan estas aguas para reproducirse o alimentarse. Pero, al mismo tiempo, estos ecosistemas están entre los más vulnerables al cambio climático.
El calentamiento del mar provoca blanqueamiento coralino, la acidificación debilita estructuras calcáreas y la pérdida de oxígeno altera la vida marina. Por lo que proteger estas grandes extensiones oceánicas aumenta su capacidad para resistir y adaptarse al cambio climático. El santuario no es solo una medida de conservación, también es una estrategia de adaptación climática.
Un mensaje desde las islas
La decisión de la Polinesia Francesa tiene un peso simbólico y geopolítico enorme. Alineada con los compromisos internacionales de proteger al menos el 30 % de los océanos para 2030, refuerza el papel de los territorios insulares como líderes morales en la crisis climática. Estos territorios son quienes menos han contribuido al problema, pero quienes primero enfrentan sus consecuencias.
Pero crear el santuario más grande del mundo es un primer paso, no el final del camino. La vigilancia de un territorio oceánico tan extenso plantea retos enormes: monitoreo satelital, control de flotas extranjeras, financiamiento sostenido y cooperación internacional.
Aun así, la apuesta polinesia marca un precedente poderoso. Desde este rincón del Pacífico, el mensaje es claro: el océano no puede seguir siendo tratado como un espacio infinito donde todo cabe. Quizá el futuro del planeta no se decida solo en la tierra firme, sino en estos grandes espacios azules donde, cada vez más, alguien decidió decir: hasta aquí, el mar se cuida.