Los científicos detectan los ecos del Big Bang de hace 13,800 millones de años con solo una TV
Alguna vez has sintonizado un canal vacío en tu viejo televisor y ha aparecido estática. Ese ruido inquietante contiene fotones antiguos que revelan el nacimiento violento de nuestro universo.

El universo nació en un estado muy denso y caliente hace milenios. Desde ese gran estallido, el espacio continúa expandiéndose y enfriándose constantemente. Hoy detectamos rastros de aquel calor primordial en forma de luz invisible que baña todo el cosmos.
Lo más fascinante es que no necesitamos un telescopio gigante para percibirlo. Con un simple televisor de los antiguos, incluso los de bulbos, podemos observar directamente la energía del principio de todo nuestro tiempo en el ruido estático que aparecía antes de sintonizar nuestro programa favorito.
Al inicio, el cosmos era un plasma opaco donde la luz estaba atrapada. Al enfriarse hasta unos tres mil grados Kelvin, los electrones formaron átomos neutros. En ese momento, las señales escaparon para cruzar el espacio hasta llegar a nosotros.
Esta señal se conoce como Fondo Cósmico de Microondas o CMB y básicamente son fotones que han viajado libremente desde que el universo era joven y se volvió transparente a la radiación, por lo que es la luz más antigua que podemos observar en todo el firmamento.

Debido a la expansión cósmica, esa luz se estiró hasta volverse invisible, pasando de ser un resplandor cegador a débiles ondas de radio muy frías. Ahora esa temperatura es de apenas unos dos punto setenta grados sobre el cero absoluto.
Un hallazgo accidental entre palomas
El descubrimiento de este ruido cósmico ocurrió de forma totalmente accidental en 1965 cuando Arno Penzias y Robert Wilson, dos ingenieros de la compañía Bell, intentaban limpiar el ruido de una antena de radio porque escuchaban un zumbido constante persistente e inexplicable.
Al principio, pensaron que el problema eran las palomas que anidaban en el instrumento, tras limpiar cuidadosamente los desechos de las aves, el molesto ruido persistía en todas direcciones. No provenía del Sol ni de nuestra galaxia sino del espacio infinito.
Lo que detectaron era el calor remanente de la gran explosión primordial, un hallazgo que confirmó las predicciones teóricas de George Gamow realizadas años antes. Por este descubrimiento fortuito, Penzias y Wilson recibieron el premio Nobel de física en el año 1978.
La casualidad permitió a la humanidad escuchar el grito del nacimiento universal. Aquel zumbido, que para otros era solo interferencia, resultó ser la evidencia definitiva para entender que el universo tuvo un comienzo ardiente y muy violento en el remoto pasado.
El mapa de las semillas galácticas
Misiones modernas como COBE y WMAP han mapeado esta radiación con alta precisión generando mapas de colores que representan diminutas variaciones de temperatura. Estas fluctuaciones son apenas de una parte entre cien mil en el cielo nocturno actual y lejano.
En el mapa, el azul indica zonas ligeramente más frías que el promedio. El rojo muestra regiones más calientes debido a la densidad de materia. Estas pequeñas diferencias son fundamentales para entender cómo se formó la materia y cómo es que nacieron las estrellas.

Los científicos llaman a estas manchas de color las "semillas" de las galaxias. Sin estas irregularidades iniciales, la gravedad no habría podido agrupar la materia y el universo sería hoy un lugar vacío, aburrido y completamente uniforme en todas sus vastas partes.
Gracias a esas minúsculas semillas, nacieron las primeras estrellas y grandes estructuras donde cada punto del mapa cuenta la historia de un futuro cúmulo galáctico. Poniéndonos románticos, podríamos decir que: estamos viendo el plano arquitectónico del cosmos, escrito en la luz ancestral.
La mano invisible de la oscuridad
Sin embargo, estas "semillas" por sí solas, no explican todo el crecimiento. La materia bariónica, de la que estamos hechos, era demasiado escasa y dispersa, por lo que se debió necesitar ayuda de la misteriosa materia oscura primordial hace millones de años.
Esta sustancia oscura, de la que ya hemos hablado en pasadas entregas, no interactúa con la luz, pero posee gravedad que atrajo a los gases, permitiendo que las galaxias se condensaran. Estudiar el mapa del fondo cósmico nos ayuda a comprender sobre esta componente dominante de nuestro gran universo.
Hoy sabemos que el universo tiene unos 13,800 millones de años y observar el CMB es mirar directamente a nuestro propio origen remoto. Es un triunfo del intelecto humano haber descifrado este código antiguo en el cielo.
La próxima vez que veas estática en una pantalla, guarda silencio absoluto. Estás presenciando el último susurro de una creación ardiente que ocurrió hace eones: la voz real de un cosmos que aún respira y se expande sin frenarse... aún.