La ciencia está intentando estimar nuestras posibilidades de no estar solos en el universo con la ecuación de Drake
Desde la antigüedad, observamos el firmamento buscando respuestas sobre nuestra soledad. La ciencia utiliza herramientas matemáticas, como la famosa ecuación de Drake, para estimar cuántas civilizaciones tecnológicas existen hoy mismo.

Mirar al cielo nocturno es un acto ancestral que definió nuestras primeras culturas. Aquellos puntos brillantes permitieron a los antiguos medir el tiempo, sembrar y cosechar y hoy, esa curiosidad nos lleva a preguntar si somos los únicos habitantes en este gran espacio.
El universo es inmenso y pensar que estamos solos, nos resulta abrumador para muchos habitantes de este pálido y pequeño punto azul. Si la Tierra fuera el único hogar de la vida, el espacio sería un desperdicio, por lo que, desde hace varias décadas, empezamos a buscar señales entre las estrellas.
Para abordar esta duda milenaria, Frank Drake propuso una fórmula matemática muy especial. No es una ley natural como tal, sino un marco para organizar lo que sabemos de los exoplanetas y calcular cuántas civilizaciones podrían existir y comunicarse activamente con nosotros.
La ecuación desglosa el problema en variables que los astrónomos intentan medir con precisión, considerando desde el nacimiento de nuevas estrellas hasta el tiempo que podrían durar de acuerdo con la tecnología que hemos desarrollado aquí en la Tierra.

Si bien se centra inicialmente en nuestra Vía Láctea, la fórmula se puede extrapolar a todo el Universo. Cada letra representa un misterio que la ciencia intenta resolver paso a paso y transformar una pregunta filosófica en un desafío científico emocionante para toda la humanidad.
Estrellas y mundos habitables
Todo comienza con la tasa de formación de estrellas en la galaxia. En la Vía Láctea, nace aproximadamente una estrella de masa similar al Sol cada año. Este ritmo proporciona nuevos escenarios donde la vida podría, eventualmente, encontrar un lugar fértil.
El siguiente paso es identificar cuántas de estas estrellas poseen sistemas planetarios. Hoy sabemos que la mayoría de los astros tienen al menos un mundo orbitando a su alrededor, lo que significa que existen miles de millones de planetas potenciales sólo en nuestro vecindario.
No cualquier planeta sirve; necesitamos mundos rocosos capaces de albergar vida biológica. Estos deben poseer superficies definidas, agua líquida y una atmósfera protectora, siendo fundamental que se ubiquen en la zona habitable para mantener temperaturas templadas y estables.
Las estrellas pequeñas, como las enanas rojas, también son candidatas muy prometedoras que, al ser tan abundantes y duraderas, ofrecen mucho tiempo para que la evolución actúe. Los astrónomos observan estos sistemas con esperanza, buscando indicios de condiciones similares a las de la Tierra.
El misterio de la vida y la inteligencia
Una vez que el escenario está listo, surge la gran pregunta biológica. ¿Qué fracción de esos mundos desarrolla realmente vida? Aún no comprendemos cómo aparece la primera célula y esto es uno de los mayores vacíos de conocimiento que la ecuación de Drake resalta.
Si la vida surge, debe evolucionar hacia la inteligencia y la tecnología y no basta con existir; una civilización debe querer y poder comunicarse con el exterior, lo que requiere superar múltiples extinciones masivas y desarrollar herramientas complejas para emitir señales.

El factor más crítico y sombrío es la longevidad de dichas sociedades. ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir una especie tecnológica antes de colapsar o autodestruirse?. Si duran poco, las posibilidades de coincidir con nosotros disminuyen drásticamente en la vasta escala cósmica.
Para establecer contacto, dos civilizaciones deben coexistir temporalmente en el mismo periodo lo que es como intentar encontrarse con alguien en una fiesta eterna que dura milenios. Sin esa sincronía, sólo hallaríamos ecos silenciosos o restos de mundos ya extintos.
Entre el optimismo y el silencio
Carl Sagan mantenía un optimismo contagioso sobre el número de vecinos espaciales pues Drake originalmente estimó que podría haber unas diez civilizaciones tecnológicas en la Vía Láctea. Esta visión inspiró a generaciones a buscar señales inteligentes, confiando en que el Universo rebosaba vida.
Sin embargo, la paradoja de Fermi nos devuelve a la realidad con frialdad:
Este silencio absoluto contradice las probabilidades matemáticas, sugiriendo que algo impide la comunicación galáctica.
Aquí aparece la inquietante hipótesis del Gran Filtro como posible explicación. Quizá todas las civilizaciones avanzadas se autodestruyen por tecnología descontrolada antes de expandirse. Un obstáculo insuperable que podría ser nuestro destino final o acaso ¿ya logramos superar el desafío?
Actualmente, las cuentas sugieren que el Universo sólo alberga una civilización: nosotros. Algo que más allá de mostrarnos nuestra soledad en el vasto espacio, nos otorga la inmensa responsabilidad de cuidar nuestro planeta y cuidar nuestra propia existencia.