La gravedad escondida que no necesita masa: así deforma el universo y el espacio-tiempo la Curvatura de Weyl
La curvatura de Weyl describe la geometría del vacío, no necesita materia y es crucial para entender la baja entropía inicial del universo, así como la imposibilidad de volver en el tiempo.

En relatividad general, la gravedad suele asociarse con la masa y la energía, sin embargo, el espacio-tiempo puede curvarse incluso cuando no hay materia alguna. Esa curvatura, independiente de fuentes locales, es conocida como curvatura de Weyl y representa la esencia geométrica de la gravedad.
Mientras otras curvaturas dependen de la distribución de materia, esta describe cómo el espacio-tiempo puede deformarse por sí mismo. Una propiedad puramente geométrica que puede existir incluso en regiones vacías, viajando a través del universo como información gravitacional autónoma.
De hecho no necesita de una fuente material inmediata que la sostenga, lo que la convierte en un elemento clave para comprender la dinámica interna del cosmos. El espacio-tiempo es un escenario con estructura propia, capaz de almacenar y transmitir deformaciones que influyen en el movimiento de cuerpos incluso a enormes distancias.
Las ondas gravitacionales detectadas en la actualidad son una manifestación directa de esta curvatura libre. Se trata de perturbaciones de Weyl que recorren el universo transportando energía gravitatoria, demostrando que la gravedad puede propagarse como una señal física aún en ausencia total de materia.

Entender esta forma de curvatura implica reconocer que la gravedad no se reduce a la atracción entre masas sino que existe una geometría que moldea el cosmos desde sus regiones más vacías hasta sus estructuras más densas, dotándolo de una complejidad que va más allá de la materia.
Weyl y Ricci: dos formas de curvar el espacio-tiempo
Dentro de la relatividad general, la curvatura del espacio-tiempo se descompone en distintas contribuciones geométricas. El tensor de Ricci está directamente vinculado a la energía, la presión y la densidad de materia. Su papel principal es describir cómo la materia curva localmente el espacio-tiempo que la rodea.
En modelos cosmológicos, los primeros momentos del Big Bang y su dinámica están dominados casi por completo por la curvatura de Ricci. En esos escenarios, el universo se expande o contrae de forma uniforme, sin estructuras complejas ni deformaciones locales significativas en la geometría.
En cambio, la curvatura de Weyl describe lo que queda cuando se elimina el efecto directo de la materia. Es responsable de las fuerzas de marea que estiran y comprimen los objetos, incluso en regiones donde la densidad local es prácticamente nula
Esta diferencia explica por qué el universo desarrolla estructuras complejas. Ricci gobierna la expansión pero Weyl introduce el agrupamiento, la anisotropía y la formación de patrones. La interacción entre ambas es la que permite que el cosmos no colapse de manera uniforme, sino que evolucione hacia diversas formas.
La hipótesis del origen suave del universo
La llamada hipótesis de la curvatura de Weyl propone una condición sorprendente para el nacimiento del tiempo: plantea que, en el instante inicial del Big Bang, la curvatura de Weyl debía ser exactamente nula, lo que implicaría un universo geométricamente ordenado en su origen, a pesar de su enorme energía.
Si la curvatura hubiera sido grande desde el inicio, el universo habría comenzado en un estado de caos gravitacional extremo en el que las perturbaciones habrían impedido la formación de galaxias y estrellas, generando un cosmos turbulento e incoherente desde sus primeros instantes de existencia.

Es entonces este estado inicial "nulo" el que corresponde a una entropía gravitacional muy baja. Aunque la materia estaba caliente y desordenada, la geometría del espacio-tiempo era simple y suave, gracias a esa sutiñ diferencia inicial se pudo definir la flecha del tiempo y hacer posibles los procesos irreversibles.
Al imponer esta condición, Roger Penrose excluyó la existencia física de singularidades iniciales caóticas, como los agujeros blancos. Con lo que la geometría del origen no sólo explica el pasado ordenado del universo, sino que determina qué tipos de objetos pueden existir en la naturaleza.
Agujeros negros y el destino gravitacional final
En los agujeros negros, la curvatura de Weyl se comporta de manera opuesta al Big Bang, ya que en lugar de anularse, crece sin límite a medida que la materia colapsa hacia la singularidad. Estas regiones representan el máximo grado de desorden gravitacional alcanzable dentro de la relatividad general clásica.
Durante el colapso gravitacional, la energía potencial se transforma en una geometría cada vez más compleja y distorsionada, con lo que la curvatura aumenta sin control, generando un espacio-tiempo "rugoso" donde las ideas normales de distancia y tiempo pierden significado físico.
Es así que los agujeros negros actúan como sumideros de entropía gravitacional. A diferencia del Big Bang, que comenzó en un estado geométricamente ordenado, estas singularidades finales concentran el caos acumulado a lo largo de la evolución cósmica, marcando el extremo opuesto de la flecha del tiempo.
Este tipo de curvatura conecta el origen suave del universo con su destino caótico. Su ausencia al principio permitió un pasado ordenado, mientras que su crecimiento progresivo define el futuro. Comprender esta gravedad, la cual no necesita masa, nos ayudará a descifrar los cimientos del propio universo.
Referencia de la nota:
Singularities and time-asymmetry. 1979. Penrose, Roger.