33 % del suelo está degradado: la meta del 5 del diciembre: "Suelos sanos para ciudades saludables"

Un tercio de los suelos del planeta están degradados. Este 5 de diciembre, recuerda que la salud de nuestras ciudades comienza bajo tierra: suelos sanos para urbes más seguras y resilientes.

Hay más organismos vivos en una cucharada de suelo que personas en la Tierra.
Hay más organismos vivos en una cucharada de suelo que personas en la Tierra.

No recuerdo la primera vez que metí las manos en la tierra, pero recuerdo la idea de niña de que el suelo era solo eso: tierra. Años después, uno aprende que ahí abajo no hay solo polvo, sino un universo entero que sostiene bosques, cosechas y ciudades. Un universo del que dependemos incluso cuando no lo estamos mirando.

Y hoy, ese universo está cansado. Lo muestran las grietas en los campos, las lluvias que ya no infiltran, la vegetación que cede antes de tiempo, el verde que se desdibuja lentamente. Y te lo pongo en cifras. Según estimaciones recientes de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), alrededor del 33 % de los suelos del planeta están degradados.

No importa si un suelo es naturalmente fértil o pobre, joven o antiguo, lo que determina su deterioro no es su origen, sino el uso que se le da.

La FAO reconoce 32 Grupos de Suelos de Referencia a nivel mundial: ferralsoles, vertisoles, andosoles, gleysoles, y la lista de "-soles" continúa. Sin embargo, la degradación no distingue entre ellos. No importa si un suelo es naturalmente fértil o pobre, joven o antiguo, lo que determina su deterioro no es su origen, sino el uso que se le da.

En las ciudades, esto pudiera parecer un problema lejano, uno que solo compete a los agricultores o a ecosistemas remotos. Pero la realidad es muy diferente. En una ciudad, los suelos regulan el agua, enfrían el ambiente, filtran contaminantes y sostienen la infraestructura verde, esa que tanto necesitamos frente al cambio climático.

Este 5 de diciembre se celebra el Día Mundial del Suelo, y la fecha llega con un mensaje contundente: “Suelos sanos para ciudades saludables”. Un recordatorio de que el bienestar urbano depende de lo que ocurre justo bajo nuestros pies, desde un parque de barrio hasta los cimientos de un edificio. Y sí, el suelo importa.

El 95 % de nuestros alimentos provienen del suelo.
El 95 % de nuestros alimentos provienen del suelo.

Pero, ¿qué significa exactamente que un suelo esté sano? ¿Cómo se degrada y qué implica recuperar su funcionalidad en entornos urbanos? Antes de mirar las soluciones, entendamos qué está fallando, por qué y qué riesgos trae ignorarlo.

Síntomas

La degradación del suelo no ocurre de golpe; avanza como una especie de fatiga silenciosa, como un burnout lento. Es el resultado acumulado de procesos que combinan erosión, pérdida de materia orgánica, compactación, sellamiento urbano, salinización, desertificación y contaminación.

La degradación del suelo es el proceso mediante el cual un suelo pierde, parcial o totalmente, su capacidad natural para cumplir sus funciones ecológicas, productivas y de soporte.

La FAO lo describe como una pérdida de funcionalidad. Sus propiedades físicas, químicas o biológicas se alteran al punto de reducir su fertilidad, estructura, biodiversidad y su capacidad para regular el agua, almacenar carbono, sostener vegetación y mantener el equilibrio ambiental.

Las señales están ahí. Cuando el suelo pierde porosidad, el agua deja de infiltrarse, se acumula en superficie y puede desencadenar inundaciones repentinas. Cuando se compacta, las raíces no respiran y la vegetación se debilita. Y cuando la materia orgánica se reduce, el suelo pierde su capacidad de retener nutrientes y humedad.

Curitiba, en Brasil, es el clásico latinoamericano del urbanismo verde.
Curitiba, en Brasil, es el clásico latinoamericano del urbanismo verde.

Y estas presiones se incrementan cuando se agrega la expansión urbana desordenada, el uso intensivo del suelo y la falta de restauración. En las ciudades, el deterioro suele ser más drástico porque el suelo se cubre de concreto. A ese proceso se le llama sellamiento, y es una de las principales causas de pérdida de funcionalidad en entornos urbanos.

Donde antes había infiltración, ahora hay escorrentía; donde había regulación térmica, ahora hay islas de calor acumulado. Se estima que cada año se sellan entre 20,000 y 30,000 km² de suelo en todo el mundo, una superficie que deja de cumplir funciones ecosistémicas esenciales.

Resiliencia climática

Cuando pensamos en soluciones frente al cambio climático, solemos mirar hacia arriba. Pensamos en cielo, nubes, modelos de temperatura; pero una parte clave de la resiliencia urbana está, justo, bajo nuestros pies. Los suelos en buen estado funcionan como esponjas que capturan agua de lluvia, reducen inundaciones y recargan acuíferos.

Ayudan, también, a regular la temperatura, mantienen la humedad y permiten que la vegetación prospere, reduciendo el efecto de isla de calor. Los suelos urbanos con vegetación pueden disminuir la temperatura del aire entre 1 °C y 3 °C, según el tipo de cobertura y nivel de compactación. Y esto no solo mejora el confort térmico, sino que influye en salud pública, consumo energético y calidad de vida.

Además, un suelo urbano sano puede filtrar metales pesados y contaminantes, retener partículas en suspensión y sostener la biodiversidad en áreas verdes. Un solo metro cuadrado de suelo puede albergar miles de microorganismos, desde bacterias fijadoras de nitrógeno hasta hongos que ayudan a las plantas a absorber nutrientes. Y ese microcosmos es la base de una infraestructura verde.

Del terreno que pisamos a la ciudad que queremos

La buena noticia es que suelo deteriorado no es suelo perdido. La restauración es posible si se actúa con planificación y constancia. Las políticas públicas son clave: zonificación que proteja áreas permeables, normas contra el sellamiento excesivo, incentivos para techos y suelos verdes, y planes de reforestación urbana basados en especies adecuadas.

La ciudadanía también juega un rol fundamental. Crear huertos urbanos, evitar el uso excesivo de pesticidas, compostar residuos orgánicos y apoyar proyectos de parques y corredores verdes, ayuda a devolver la vida al suelo. Pequeñas acciones (como revegetar banquetas o dejar franjas permeables alrededor de árboles) pueden mejorar la infiltración y reducir el calor en zonas vulnerables.

Por último, pero no menos importante, los tomadores de decisiones necesitan integrar la salud del suelo en los planes de desarrollo urbano. Esto implica diagnosticar, monitorear y restaurar de forma sistemática. La FAO insiste en que las ciudades que invierten en suelos sanos son más resilientes, gastan menos en infraestructura gris y enfrentan mejor los eventos extremos.

Hay desde parques amplios y transporte eficiente en Copenhague, hasta urbes convertidas en jardines habitables, como Singapur. También están los corredores verdes de Medellín, los parques multifuncionales de Curitiba, los cerros restaurados de Santiago o los humedales recuperados en CDMX. Y todas muestran que sí hay maneras de construir ciudades más verdes y sostenibles.

Así que, aunque la degradación avanza silenciosa y constante, la recuperación también puede, y debe, hacerlo. Urgen una mejor planificación, prácticas sostenibles, políticas públicas a largo plazo y comunidades que entiendan por qué el suelo importa. Porque si queremos ciudades sostenibles, necesitamos empezar por sanar lo que las sostiene.

Referencia de la noticia

Día mundial del suelo. 5 de diciembre de 2025. Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).