Estas "piedras" vivas son una de las formas de vida más antiguas del planeta y apenas quedan: su refugio es Bacalar

Famosa por sus brillantes y espectaculares tonalidades en color azul, Bacalar resguarda a una antigua población que tiene alrededor de 3,500 millones de años

Las autoridades buscan proteger estos especiales cuerpos de agua. Imagen tomada de Gobierno de México.

Este encantador y paradisiaco lugar localizado en el Caribe Mexicano, posee un especial y singular grupo de microorganismos que para la mayoría de los visitantes y lugareños pasan desapercibidos, pero que son fundamentales para la permanencia y el desarrollo del ecosistema.

Se trata de los estromatolitos: agrupaciones de células en colonias que forman a las rocas sedimentarias. A este tipo de núcleos sedimentarios se les considera una especie de “construcción” ecológica, responsables de sostener el equilibrio ambiental.

Conforme a diversos estudios técnicos, se considera que se formaron — los más antiguos — hace más de 3,000 millones de años. Bacalar es conocido como el Lago de los Siete Colores, debido a sus muy variadas tonalidades de vibrantes colores.

Estos microorganismos desempeñan tareas fundamentales para ia vida del ecosistema. Imagen tomada de SCME.

Lamentablemente, durante los últimos años se considera que este paraíso está al borde del desastre ecológico: “las ricas y vibrantes tonalidades se han ido tornando en un color marrón apagado”.

El hogar de formas de vida más antiguas que se conocen

Hacia el mes de noviembre del año 2015, la Procuraduría Federal de Protección Ambiente (Profepa) emitió una alerta ante la contaminación de esta laguna. Investigadores de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), señalan que el problema podría ir mucho más allá de la estética de sus aguas.

Los estromalitos están sustentados por la actividad de miles de bacterias, virus y arqueas que combinan sus capacidades metabólicas para generar alimento que es utilizado por los diferentes integrantes, dando espacio a un flujo de energía y materia que vuelve a las comunidades entidades autosustentables.

Alrededor de nuestro planeta se distribuyen una serie de organismos, como: bacterias, arqueas y los eucariontes — organismos con núcleo — además de las denominadas regiones genéticas envueltas en cápsides proteicas sin capacidad de auto replicación: los virus. Todos ellos conforman parte de la rica biodiversidad.

Fósiles vivientes

Estos genomas y formas interactúan entre sí, a partir de las relaciones ecológicas e históricas para formar comunidades. Un tipo de comunidad son los microbialitos, cuya contraparte fósil son los estromalitos: estos últimos son las formas de vida más antigua que conocemos.

Las actividades turísticas deben ser reguladas y supervisadas. Imagen tomada de Gobierno de México - Turismo.

Estos fósiles tan antiguos no están conformados por un individuo, sino que integran toda una comunidad. De hecho es una de las agrupaciones de este tipo más longevas que se conocen en nuestro planeta. Los ecosistemas acuáticos tanto dulces como salados sostienen a este tipo de conglomerado viviente.

Amenazados por prácticas agrícolas intensivas

Durante los últimos años, las prácticas agropecuarias intensivas han permitido el deterioro acelerado del ambiente, ya que se utilizan importantes cantidades de agroquímicas y se están deforestando las selvas. Estas prácticas han dañado tanto el ambiente, que el filtro natural — integrado por manglares y selvas — se han reducido considerablemente.

Considerar el cuidado del medio ambiente y los recursos naturales, cada vez más se transforma en una actividad prioritaria. El sustento de la vida, depende en gran medida de su protección.

Entre otras consecuencias, han permitido que sustancias como el fósforo, nitrógeno y agroquímicos lleguen directamente a los cuerpos de agua, permitiendo el crecimiento de algas y cambiando el color: de brillantes tonalidades azules a turbios colores marrón.

Inaceptable deterioro de milenarios ecosistemas

Además, el turismo desordenado y la falta de infraestructura para el tratamiento de aguas y residuos, han incrementado gravemente esta situación, provocando la grave pérdida de biodiversidad de las comunidades que forman a estas “piedras” vivas.

Es fundamental tomar medidas urgentes que aseguren y garanticen la protección del ecosistema y el resguardo de estos microorganismos, que son el sustento de los ambientes acuáticos. Se deben detener todas las acciones que atenten contra el equilibrio ecológico; es inaplazable la reestructura de la forma en la cual nos relacionamos con la naturaleza.

Un rol fundamental en un ecosistema en crisis

Los estromalitos están sustentados por la actividad de miles de bacterias, virus y arqueas que combinan sus capacidades metabólicas para generar alimento que es utilizado por los diferentes integrantes, dando espacio a un flujo de energía y materia que vuelve a las comunidades entidades autosustentables.

Algunos de los metabolismos existentes en estas comunidades, son la fotosíntesis, la fijación de nitrógeno, desnitrificación, ciclaje de fósforo y azufre, entre otros. Las comunidades capturan carbono de la atmósfera en minerales de carbonato — como la calcita — y sus actividades son fundamentales para contrarrestar los efectos del cambio climático a nivel global.

Presentes en diversos sistemas acuáticos

En nuestro país, en diversos ecosistemas acuáticos se encuentran resguardados este tipo de comunidades, como: pozas del desierto en el Valle de Cuatro Ciénegas, lagos de cráteres en la Faja Volcánica Transversal. Los microbialitos han existido en el planeta, como un tipo de comunidad desde hace miles de millones de años.

El crecimiento de estas comunidades favorece que el agua sea transparente, con poca turbidez y sedimentación, así como que no se vean dañadas sus estructuras, pues solamente las primeras capas están vivas. Estos milenarios organismos dependen de sistemas acuáticos sanos, por lo que urge la restauración de estos ambientes.

Referencia de la noticia

¿Rocas con vida? Los microbialitos de la Península de Yucatán. 16 de octubre, 2020. Luisa Falcón