La nieve blanca ya no refleja igual el Sol cuando la crioconita cubre el hielo y dispara la absorción de calor
La nieve y el hielo son grandes espejos naturales. Reflejan gran parte de la radiación solar hacia el espacio. Sin embargo, hay algo que está reduciendo su capacidad y acelerando su derretimiento.

Siempre que pensamos en hielo lo imaginamos blanco. Y en ese tono claro reside, de hecho, una de sus mayores fortalezas, esa que ayuda a mantener la superficie fría. Pero, en realidad, no es simplemente blanco.
¿Qué ocurre cuando ese tono comienza a oscurecerse? Aunque a primera vista pareciese solo una fina capa de suciedad, sobre muchos glaciares del planeta se acumula un material llamado crioconita. Una mezcla de polvo, partículas de carbono y microorganismos que cambia completamente la forma en que el hielo interactúa con la radiación solar.
Pero ¡OJO! El problema aquí no es que la crioconita ensucie el hielo. El problema es que el color negro absorbe lo que el blanco refleja. Así que, mientras más oscuro el tono, más calor absorbe. Y es ese calentamiento el que derrite el hielo justo debajo de la superficie y modifica todo el balance de energía del planeta.
Un "escudo" contra el calor
No toda la energía que llega del Sol permanece en la Tierra. Una parte importante de ella rebota de regreso al espacio gracias a superficies muy reflectantes, como la nieve recién caída. A esta propiedad se le llama albedo: la capacidad que tiene una superficie de reflejar la radiación que llega hasta ella.

El albedo es justamente una de las razones por las que las regiones polares ayudan a regular el clima del planeta. Aproximadamente el 30 % de toda la radiación que llega a nuestro planeta es reflejada. Las nubes son las principales responsables de esto, pero la nieve, el hielo, los glaciares y otras superficies muy claras también desempeñan un papel importante.
La nieve recién caída puede reflejar hasta el 90 % de la luz solar que recibe. Gracias a ello, gran parte de esa energía nunca llega a convertirse en calor. Pero, conforme aparecen impurezas sobre su superficie, esa capacidad va disminuyendo hasta el 20 % en algunas zonas.
Más que polvo sobre un glaciar
La crioconita pareciera tierra oscura depositada sobre el blanco del hielo, pero en realidad es un pequeño ecosistema. Lejos de ser simplemente tierra, la crionita es una mezcla compleja que se forma de:
- polvo mineral que transporta el viento,
- cenizas volcánicas,
- partículas de carbono negro que provienen de incendios y la combustión de combustibles fósiles,
- fragmentos de materia orgánica,
- bacterias, cianobacterias, algas microscópicas, hongos y otros microorganismos.
Con el tiempo estos mismos microorganismos producen sustancias pegajosas que mantienen unidas todas las partículas, formando pequeños gránulos oscuros sobre la superficie de hielo.
Del blanco al negro... y del frío al calor
Según se va oscureciendo el blanco, la superficie refleja menos luz y absorbe más. Así que, mientras el hielo limpio refleja la mayor parte de la radiación solar que recibe, la crioconita hace todo lo contrario: la absorbe. Y toda esa energía termina transformándose en calor.
Este calor absorbido provoca que el hielo debajo se derrita, formando pequeñas cavidades cilíndricas que se conocen como agujeros de crioconita. Estos pueden medir desde unos pocos hasta decenas de centímetros de profundidad, y se convierten en pequeños ecosistemas donde continúan desarrollándose más microorganismos.
Un ciclo que se alimenta solo
Pero el proceso no termina ahí. Al derretirse el hielo aparece más agua líquida, y esa agua crea mejores condiciones para el crecimiento de los microorganismos. Cuantos más microorganismos hay, más materia orgánica producen y más partículas oscuras quedan atrapadas.

El resultado es un círculo difícil de romper. El hielo se oscurece, absorbe más calor, se derrite más rápido, y vuelve a oscurecerse. Y este mecanismo es el que contribuye al oscurecimiento de numerosos glaciares y capas de hielo, sobre todo durante el verano.
Detalles microscópicos, contaminación y efectos globales
No toda la crioconita tiene un origen natural. Aunque las emisiones de contaminantes como aquellos derivados del carbono negro se produzcan a miles de kilómetros, las corrientes atmosféricas pueden transportarlas hasta regiones polares y de alta montaña. Y una vez ahí, depositadas sobre el hielo, reducen aún más su capacidad para reflejar la luz solar.
Basta una fina capa de partículas oscuras y microorganismos para que un glaciar deje de comportarse como un espejo y empiece a absorber calor. Una muestra de cómo procesos casi invisibles, y otros más visibles que ocurren a miles de kilómetros, pueden influir en uno de los mayores reguladores de la temperatura del planeta. Aquí, el color del hielo también importa.
Referencia de la noticia
NASA Earth Observatory. (2009). Climate and Earth’s Energy Budget.
National Snow and Ice Data Center. (2026). Why Snow Matters.
Rozwalak, P., Podkowa, P., Buda, J., Niedzielski, S.K. y colaboradores. (2022). Cryoconite – From minerals and organic matter to bioengineered sediments on glacier's surfaces.