Vivir al límite: por qué muchas especies ya no pueden adaptarse al calentamiento global

Vivir al límite no siempre se ve. Para muchas especies, el calentamiento global ya no es una amenaza futura, sino una presión diaria que reduce su capacidad de existir.

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Corales bajo estrés térmico: el blanqueamiento ocurre cuando el calor los empuja fuera de su margen de tolerancia.

En cuestión de límites, a veces, no hay una línea pintada ni una alarma que se encienda cuando se cruza. A veces, el límite es interno. Y se va superando, no de golpe, sino poco a poco. Como cuando primero cuesta moverse, luego alimentarse, después reproducirse, hasta que cuesta sostener la vida.

Solemos hablar del calentamiento global como si fuera un fenómeno lejano, medible solo en gráficas y récords. Pero su impacto más profundo ocurre lejos de los mapas, en organismos que no pueden elegir dónde estar ni cómo regular su temperatura. Y no hay una salida cómoda cuando el clima cambia más rápido que la biología.

La historia de la vida en la Tierra está marcada por cambios lentos, por adaptaciones que tomaron miles o millones de años. El frío fue un desafío recurrente y, en muchos casos, superable. El calor, en cambio, siempre fue una frontera más difícil.

Hoy, muchas especies ya viven al límite. En regiones tropicales y en el océano, donde el margen térmico es reducido, no hay mucho espacio para desplazarse sin costo. No porque falte movimiento, sino porque el clima que permitió su existencia comienza a desaparecer.

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El calentamiento global y otras presiones humanas han incrementado las tasas de extinción muy por encima de los niveles naturales históricos.

Cuando eso ocurre, las opciones escasean. Comprender estos límites no es un ejercicio teórico. Entenderlos es una forma de cuidado, es mirar el cambio climático desde el cuerpo de las especies, desde aquello que no se negocia ni se compensa.

Límite biológico

El cuerpo es el primer territorio donde el cambio climático se vuelve evidente. Cada especie funciona dentro de un rango de temperaturas que le permite respirar, moverse, alimentarse y reproducirse sin esfuerzo extremo. Y ese rango tiene dos límites críticos, que definen frío y calor. A partir de ellos, el cuerpo empieza a fallar de manera silenciosa, acumulativa, y difícil de revertir.

A diferencia de otros factores ambientales, la temperatura actúa directamente sobre los procesos básicos que sostienen la vida.

Cuando se alcanza un límite crítico, el organismo no funciona igual. Se mueve menos, come peor, se reproduce con dificultad. El problema no es solo la supervivencia inmediata, sino la pérdida progresiva de desempeño. A diferencia de otros factores ambientales, la temperatura actúa directamente sobre los procesos básicos que sostienen la vida.

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A lo largo de la historia evolutiva, las especies han ajustado más rápido su tolerancia al frío (aguja azul) que su tolerancia al calor (aguja roja). Imagen tomada de Bennett et al (2021).

Por eso, hablar de calentamiento global no es solo hablar de ecosistemas que cambian, sino de cuerpos empujados hacia una frontera que no es negociable. Cuando el clima cruza ese umbral, no hay adaptación rápida ni ajuste sencillo.

Frío y calor no pesan lo mismo

A lo largo de la historia conocida, la vida ha lidiado mejor con el frío que con el calor. Glaciaciones, descensos graduales de temperatura, inviernos prolongados: muchos linajes se formaron y sobrevivieron en contextos más fríos que los actuales. Y esa experiencia quedó tatuada en la biología en forma de asimetría evolutiva.

Peces arrecifales, corales, anfibios tropicales o reptiles de zonas cálidas muestran rangos térmicos ajustados, con poco espacio para absorber aumentos adicionales. Incluso aumentos pequeños empujan al cuerpo hacia un funcionamiento cada vez más precario, sin un clima alternativo disponible dentro del mismo entorno.

En reptiles, mamíferos y plantas, la tolerancia al frío ha evolucionado mucho más rápido que la tolerancia al calor — hasta cuatro veces más rápido en mamíferos — mientras que con el calor es distinto. Soportar temperaturas más altas no implica solo resistir un poco más, sino modificar procesos fisiológicos profundos como la respiración, el metabolismo, la estabilidad de las proteínas, el balance hídrico.

Todo se vuelve más costoso cuando la temperatura sube, y esos cambios no suelen ocurrir rápido. La evolución necesita tiempo. Y ahí está uno de los desajustes más delicados del cambio climático. El problema no es solo cuánto aumenta la temperatura, sino en que dirección cambia y qué tan rápido.

Vivir cerca del borde

No todas las especies tienen el mismo punto de partida cuando el clima cambia. Algunas han evolucionado en entornos con grandes variaciones térmicas, mientras otras lo han hecho en condiciones sorprendentemente estables durante miles de años. Y esa historia importa. Define cuánta variación térmica puede tolerar un organismo.

La vulnerabilidad no es homogénea y los trópicos (y el océano) parten en desventaja frente a latitudes medias y altas.

En latitudes medias y altas, muchas especies aún conservan cierto margen. En los trópicos, y en el océano, ese margen suele ser mucho más estrecho. Ahí, muchas especies ya viven muy cerca de su temperatura máxima tolerable.

En ese contexto, resistir no es adaptarse. La vida puede aguantar un tiempo viviendo al límite, pero sin margen térmico el desgaste se acumula. En tierra firme aún hay gradientes, sombras, refugios; en el océano, no. Cuando el borde se vuelve permanente, la continuidad de las especies depende menos de cuántas sean y más de cuánto calor puede soportar su cuerpo.

Tres salidas posibles (ninguna sencilla)

Cuando el clima empuja a las especies al límite, las opciones se reducen a tres. Primero, desplazarse. Algunas lo logran, siguiendo temperaturas más favorables hacia latitudes más altas o mayores altitudes. Este movimiento ya se observa en muchos grupos y no es nuevo en la historia de la vida. Pero existen barreras físicas, océanos cerrados, usos del suelo, que no siempre lo hacen posible.

Otra posibilidad es adaptarse. Cambiar lo suficiente como para tolerar el nuevo entorno. Pero la adaptación no es inmediata ni automática, requiere variación genética, generaciones y sobre todo tiempo. Frente al ritmo actual del calentamiento, el tiempo no está del lado de la biología.

La tercera "salida" es desaparecer. No siempre de forma abrupta ni visible, sino primero a escala local, en los bordes más cálidos de la distribución. Poblaciones que se reducen, que dejan de reproducirse, que ya no logran sostenerse. No es una opción elegida, es la consecuencia de quedarse sin margen.

Lo que sí está en nuestras manos

Estas tres salidas describen lo que le queda a muchas especies frente a un planeta que se calienta. Para la humanidad, en cambio, todavía existe otra posibilidad: reducir la presión. Disminuir la velocidad del calentamiento, conservar y reconectar hábitats, limitar la contaminación que se suma al estrés térmico.

No se trata de “salvar” a la naturaleza desde afuera, sino de dejar de empujarla contra sus límites. Entender que la vida tiene márgenes y que esos márgenes no son infinitos. Y que, tal vez, podemos ofrecerle una cuarta salida. O, al menos, concederles más tiempo.

Referencia de la noticia

The evolution of critical thermal limits of life on Earth. 2021. Joanne M. Bennett, Jennifer Sunday, Piero Calosi et al. Nature Communications (12).

Macroecología del cambio climático: integrando geografía, clima y evolución para entender las respuestas al cambio climático. 5 de agosto de 2025. Fabricio Villalobos. Presentación en el Panorama Actual de las Ciencias del ICAyCC-UNAM.