El pueblo de Michoacán donde las calles se iluminan con velas durante la celebración de Día de Muertos
Como cada año en las diferentes regiones de México las comunidades celebran el regreso temporal de sus familiares y seres queridos difuntos: el Día de Muertos. Esta fiesta en Tzintzuntzan es toda una fiesta.

A orillas del majestuoso Lago de Pátzcuaro está Tzintzuntzan, un hermoso pueblo mágico que significa "lugar de colibríes", nombre de origen purépecha. Este Pueblo Mágico, que en la época precolombina albergó la gran capital del imperio Purépecha, mantiene vivas sus raíces mediante un sincretismo único entre las tradiciones prehispánicas y la fe católica.
Durante la celebración del Día de Muertos, la localidad se transforma en uno de los escenarios más coloridos y místicos de México. Sus calles empedradas y arquitectura de teja roja se visten de gala para la llegada de las almas: los panteones se iluminan con un mar de flores de cempasúchil, mientras el aroma del incienso envuelve el ambiente en un ritual de memoria y veneración.
Los pobladores hacen su entrada solemne y festiva en la procesión desde el acceso principal del pueblo hacia el Atrio de los Olivos para celebrar la santa misa acompañados por música, orquesta y arcos.

Los tradicionales arcos están elaborados con chispata, carrizo o varas, decorados minuciosamente con cempasúchil, frutas, platillos típicos y objetos personales de los difuntos y están coronados por la fotografía del familiar recordado para guiar su camino.
Una vez concluidas la celebración eucarística y la bendición de las ofrendas, los habitantes se trasladan a los panteones. Ahí inicia la ancestral velación a la luz de las velas, una vigilia comunitaria que se prolonga en oración y fiesta hasta el mediodía del 2 de noviembre.
Día de Muertos, Patrimonio de la Humanidad
Además del 1 y 2 de noviembre, en algunos lugares del país el 28 de octubre se destina a las personas que murieron a causa de un accidente o de manera trágica, y el día 30 se espera la llegada de las almas de los “limbos” o “limbitos”, los niños que murieron sin haber sido bautizados.
Las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) creó un instrumento para respaldar múltiples iniciativas culturales en el ámbito internacional: la Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial, Cultural y Natural con el que lograron establecer diversos mecanismos de protección y conservación del patrimonio material que hemos heredado.

De tal forma es que la conmemoración del Día de los Muertos en las comunidades originarias mexicanas, que se celebra el primero y dos de noviembre, forma parte de la lista del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO desde 2003, de esta forma queda conciencia de su gran valor y prevalencia.
En el imaginario colectivo, la celebración anual destinada a los muertos representa un momento privilegiado de encuentro no sólo de los hombres con sus antepasados, sino también de los integrantes de la propia comunidad entre ellos, algo que desde hace siglos, ha permanecido y el fin es que continué siendo de esta forma para preservar las tradiciones.
El Día de Muertos en la cosmovisión indígena implica el retorno transitorio de las ánimas de los difuntos, quienes regresan a casa, al mundo de los vivos, para convivir con los familiares y para nutrirse de la esencia del alimento que se les ofrece en los altares puestos en sus honor.
En la celebración del Día de Muertos, la muerte no remite a una ausencia sino a una presencia viva; la muerte es una metáfora de la vida que se materializa en el altar ofrecido: quienes hoy ofrendan a sus muertos serán en el futuro invitados a la fiesta. En este sentido se trata de una celebración que conlleva una gran trascendencia popular.