El trigo lanza una advertencia: no estamos frenando el cambio climático y la agricultura podría pagar el precio

Uno de los cultivos más importantes del mundo, está viviendo su desafío más importante. La ciencia sigue avanzando, pero el clima avanza más rápido. ¿Estamos mejorando o solo evitando retroceder?

El trigo se cultiva en más de 120 países, lo que lo convierte en uno de los cultivos más producidos del planeta.
El trigo se cultiva en más de 120 países, lo que lo convierte en uno de los cultivos más producidos del planeta.

El trigo no es cualquier cultivo. Es uno de los pilares del sistema alimentario, responsable de una cuarta parte de los cereales producidos en el mundo y de aproximadamente el 20% de las calorías y proteínas que consumimos. Está en el pan, en la tortilla, en la pasta y en muchos productos que forman parte del día a día.

Durante años, la historia fue bastante optimista. La ciencia avanzaba, las semillas mejoraban y el campo respondía. La mejora genética permitió rendimientos más altos y cultivos más resistentes, incluso en condiciones que antes hubieran sido complicadas.

Eso generó una especie de confianza: la idea de que, pase lo que pase, siempre habrá una solución tecnológica lista para sostener la producción.

Pero el escenario empezó a cambiar. Hoy el clima se comporta distinto, con temporadas irregulares, eventos extremos y condiciones poco predecibles. Ya no se trata solo de un año malo o bueno, sino de una tendencia que se está volviendo constante. Y el trigo, como cualquier cultivo, depende mucho más del entorno de lo que a veces se reconoce.

Un estudio reciente publicado en Nature Communications pone el dedo en la llaga: no estamos mejorando el trigo al ritmo que creemos. Lo que parecía progreso constante, en realidad está siendo un esfuerzo por no retroceder. Es decir, gran parte del trabajo científico no está aumentando el rendimiento, sino evitando que caiga.

No se trata solo de producir más, sino de producir mejor en un entorno que se está deteriorando.
No se trata solo de producir más, sino de producir mejor en un entorno que se está deteriorando.

Esto cambia la forma de ver el problema. Porque si uno de los cultivos más estudiados, tecnificados y con mayor inversión en investigación, empieza a mostrar señales de límite, entonces la conversación deja de ser sobre cuánto podemos crecer, y se convierte en hasta dónde podemos sostener lo que ya tenemos sin que el sistema colapse.

La ilusión del progreso: cuando mejorar ya no significa avanzar

Nos acostumbramos a pensar que cada nueva variedad era mejor que la anterior. Pero cuando los investigadores analizaron más de 13,000 combinaciones de datos en países como Estados Unidos, Francia, Reino Unido y Argentina, encontraron algo que rompía por completo esa narrativa.

De los 33 kg por hectárea que se “ganan” cada año, más de la mitad solo sirve para evitar que el rendimiento disminuya, no para producir más.

El clima está empujando hacia abajo y la genética está empujando hacia arriba, pero muchas veces el resultado es quedarnos en el mismo lugar. Es como correr en una caminadora: existe esfuerzo y movimiento, pero no hay avance real.

Este fenómeno se conoce como erosión del rendimiento, y básicamente significa que el cultivo va perdiendo eficiencia con el tiempo. Conforme el clima cambia y aparecen nuevas plagas o enfermedades, las variedades que antes rendían bien dejan de hacerlo igual. Entonces, lo que antes funcionaba, hoy ya no alcanza.

Cerca del 30% del trigo producido globalmente se pierde o desperdicia antes de ser consumido.
Cerca del 30% del trigo producido globalmente se pierde o desperdicia antes de ser consumido.

Si hoy se frenara la investigación genética, la producción empezaría a caer rápido. No porque la tecnología sea mala, sino porque el entorno cambió. Además, desarrollar nuevas variedades no es sencillo ni barato, requiere años de trabajo e inversión.

El límite de la genética y el verdadero problema de fondo

El mejoramiento genético sigue siendo una herramienta valiosa para el campo, pero no es infinita. Tiene límites biológicos y físicos, y depende totalmente del entorno donde se cultiva. Si el clima sigue cambiando y volviéndose más extremo, llegará un punto donde ni la mejor semilla podrá compensar esas condiciones.

Un ejemplo claro es el trigo en su etapa de floración. En ese momento se define gran parte del rendimiento, y es muy sensible al calor. Unos cuantos días de temperaturas altas pueden reducir la producción de forma importante, afectando directamente la cosecha. Y lo más importante es que estos eventos cada vez se vuelven más constantes.

El enfoque también se está ajustando. No necesariamente se trata de más gente produciendo, sino de agricultores más preparados, sistemas más eficientes y decisiones mejor pensadas. Todo se resume a cerrar brechas de rendimiento, aprovechar mejor el agua, los nutrientes y reducir pérdidas.

También implica volver a lo básico, pero hacerlo bien. Manejo de suelos, conservación de humedad, rotación de cultivos y uso eficiente de insumos. Al final, el mensaje es claro: no podemos dejar todo en manos de la ciencia mientras seguimos deteriorando el entorno.