Guerra y destrucción: los ataques bélicos aniquilan la tierra fértil y envenenan el suelo que nos da vida
Con cada explosión, la guerra no solo destruye vidas y ciudades. También degrada suelos. En el Día Internacional de la Conservación del Suelo, hablemos de cómo estos conflictos dejan huellas que persisten décadas.

La guerra no solo deja cicatrices en las ciudades y las personas. También las graba en la tierra que alimentará, o dejará de alimentar, a las próximas generaciones.
Este 7 de julio, en el marco del Día Internacional de la Conservación del Suelo, vale la pena recordar que la tierra bajo nuestros pies también es una víctima de los conflictos armados. Los bombardeos, incendios, explosiones y sustancias tóxicas pueden degradar durante décadas un recurso esencial para producir alimentos, almacenar agua, mantener la biodiversidad y regular el clima.
Alimentando al planeta
Lejos de ser simplemente "tierra", el suelo es un ecosistema vivo que tarda cientos o incluso miles de años en formarse. Apenas unos centímetros de suelo fértil sostienen cerca del 95 % de los alimentos que consume la humanidad. En él viven millones de microorganismos, hongos, insectos y pequeños animales que reciclan nutrientes, almacenan carbono y permiten que crezcan los cultivos.

Cuando estalla una guerra, este delicado equilibrio se rompe. Las explosiones destruyen la estructura física del suelo, eliminan organismos esenciales y favorecen procesos de erosión que dificultan luego su recuperación natural.
Además, el tránsito constante de tanques de combate (que superan las 60 toneladas) y vehículos militares compacta la superficie. Esto reduce la infiltración del agua y dificulta el desarrollo y crecimiento de las raíces de las plantas.
Las heridas químicas que permanecen décadas
Más allá del impacto físico, el químico suele ser el más preocupante. Municiones, proyectiles, explosivos, combustibles, aceites industriales y restos de vehículos militares liberan sustancias potencialmente peligrosas. Estas incluyen metales pesados como plomo, mercurio, cobre, zinc, arsénico o cadmio, que alteran la estructura física y química del suelo.
En algunas zonas afectadas por conflictos bélicos prolongados, se han detectado también residuos explosivos sin detonar y compuestos tóxicos derivados de incendios de instalaciones industriales, refinerías o depósitos de combustible. Todo esto ha ampliado el daño ambiental.
Menos alimentos y más riesgo
Cuando un suelo pierde fertilidad, las consecuencias van mucho más allá del campo. La producción agrícola disminuye, aumenta la inseguridad alimentaria y muchas familias pierden su principal fuente de ingresos. A la vez, la degradación del suelo favorece la erosión, incrementa el riesgo de inundaciones y reduce la capacidad del terreno para almacenar agua y carbono.
En numerosos conflictos recientes, la contaminación del suelo ha obligado a restringir actividades agrícolas durante años. Mientras, se realizan evaluaciones ambientales y procesos de descontaminación que suelen ser muy costosos y técnicamente complejos.
Una recuperación que puede tomar generaciones
Volver a la forma natural de apenas unos centímetros de suelo fértil puede requerir cientos de años, dependiendo del clima y de su composición. Si, además, existe contaminación química, la recuperación puede prolongarse durante décadas o requerir intervenciones de remediación ambiental altamente especializadas.
Proteger el suelo, también es proteger nuestro patrimonio natural y la seguridad alimentaria mundial. Cada metro cuadrado de suelo fértil representa siglos de procesos naturales y sostiene buena parte de la vida terrestre. Cuando la guerra destruye esa capa de tierra viva, sus consecuencias se extienden mucho más allá del alto al fuego.
Referencia de la noticia
The United Nations Office at Geneva. (2025). ‘It is an elephant’: Ukraine’s unexploded mine problem.
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA/UNEP). (2025). Environmental damage in Gaza Strip harming human health, threatening long-term food and water security - new UNEP report.
Semarnat. (2023). Día Internacional de la Conservación del Suelo.