La búsqueda de vida gira hacia Venus: lo que hay en sus nubes ha despertado el interés científico
A pesar de sus temperaturas extremas y su superficie inhóspita, Venus guarda secretos fascinantes. Estudios recientes de sus nubes sugieren que la vida podría encontrar allí un refugio inesperado.

Venus suele describirse como el planeta gemelo de la Tierra debido a su tamaño y composición similares. Sin embargo, ya visto de cerca, nuestro vecino es un mundo radicalmente distinto, envuelto en densas nubes tóxicas que ocultan una superficie infernal.
En el suelo venusiano, las temperaturas alcanzan hasta 500 ºC, un calor tan extremo que podría derretir el plomo con facilidad. Esto convierte a Venus en el planeta más caliente del sistema solar, incluso más que Mercurio, a pesar de estar más lejos del Sol.
La presión atmosférica en la superficie también es muy alta, el peso del aire es unas 90 veces mayor que en la Tierra, suficiente para comprimir sin dificultad cualquier objeto. Incluso las sondas más resistentes no han sobrevivido mas que unos minutos antes de morir aplastadas.
A diferencia de nuestro planeta, carece hoy de placas tectónicas activas que ayuden a regular su clima, ausencia que permitió que el dióxido de carbono se acumulara sin control, desencadenando un efecto invernadero desbocado atrapando el calor de forma permanente.

Pese a este escenario infernal, los científicos no han dejado de buscar respuestas y en lugar de centrarse en la superficie, han dirigido su atención hacia las nubes, preguntándose si, más arriba, podría existir un rincón donde la vida haya aprendido a resistir.
Un refugio templado entre las nubes
Al ascender por la atmósfera del planeta, el panorama cambia de manera sorprendente. Entre los 50 y 60 kilómetros de altura existe una franja donde las condiciones dejan de ser extremas y comienzan a parecer, familiares a las que necesita la vida como la conocemos.
En esta región, la presión atmosférica es similar a la que experimentamos al nivel del mar en la Tierra y las temperaturas, rondan los 30 grados centígrados, un rango mucho más amable que permite imaginar un entorno potencialmente habitable flotando sobre el infierno inferior.
Aunque estas nubes están formadas principalmente por ácido sulfúrico, no todo está perdido. En nuestro planeta existen microorganismos capaces de sobrevivir en ambientes altamente ácidos, lo que abre la puerta a la idea de formas de vida microscópicas adaptadas a condiciones extremas.
Para los astrobiólogos, este tipo de estratos nubosos representa una frontera fascinante ya que un posible oasis suspendido en un mundo hostil, sería un recordatorio de que la vida puede abrirse camino en lugares que antes considerábamos completamente prohibidos.
El misterio del fosfano y su controversia
El interés científico por esta zona de Venus se intensificó tras un anuncio tan llamativo como polémico en 2021, cuando observaciones realizadas con telescopios avanzados detectaron señales de fosfina, un gas que en la Tierra suele asociarse a procesos biológicos.
Investigadores de la Universidad de Cardiff señalaron que las fuentes conocidas de fosfina, como volcanes o descargas eléctricas, no explicaban fácilmente su presencia en Venus. Esto llevó a plantear que microorganismos desconocidos podrían estar produciendo el gas, desatando un debate global.

Sin embargo, revisando y cuestionando los resultados, estudios posteriores sugirieron que la cantidad de fosfina detectada era mucho menor de lo que se pensó inicialmente, aproximadamente siete veces menos, lo que moderó el entusiasmo inicial de la comunidad científica.
Aun así, la posible presencia de fosfano en la atmósfera venusiana sigue siendo un misterio sin resolver, y nuevas observaciones buscan determinar si se trata de un error, de un proceso químico desconocido o de una señal biológica inesperada.
Huellas de un pasado compartido
Cada vez más estudios apuntan a que Venus no siempre fue el infierno que conocemos hoy, apoyadas con simulaciones climáticas que sugieren que hace unos 4,000 millones de años pudo albergar océanos, placas tectónicas activas y condiciones muy similares a las de la Tierra primitiva.
El descubrimiento de regiones montañosas conocidas como teselas refuerza esta idea, las cuales parecen formarse de manera comparable a los cratones terrestres, lo que sugiere que ambos planetas compartieron procesos geológicos fundamentales durante sus primeros capítulos evolutivos.
Comprender qué llevó a Venus por un camino tan distinto nos ayudará a entender el colapso de su regulación climática y mostrarnos cómo un planeta rocoso puede perder su habitabilidad, y entender el delicado equilibrio que mantiene a la Tierra viva.
Mirar a Venus hoy es un ejercicio de curiosidad y la búsqueda de vida en sus nubes no sólo intenta responder la pregunta de si estamos solos, también nos ayuda a entender nuestro propio pasado y a reflexionar sobre los futuros posibles de nuestro planeta si seguimos sin cuidarlo.
Referencia de la noticia:
Phosphine gas in the cloud decks of Venus. Nature Astronomy volume 5, pages655–664 (2021). Jane S. Greaves, Anita M. S. Richards, William Bains, et al.