Nuestro destino final: así será el cielo nocturno cuando Andrómeda choque con nosotros
El cielo nocturno cambiará para siempre cuando nuestra galaxia se encuentre con Andrómeda en un abrazo cósmico. Aquí te explicamos cómo este majestuoso evento transformará nuestro hogar en el universo.

Durante miles de años, levantamos la vista hacia el cielo nocturno pensando en su eternidad e inmutabilidad. Aunque no fue sino hasta hace poco más de un siglo cuando empezamos a entender que nuestro universo era más grande de lo que pensábamos.
Ahora sabemos que nuestra Vía Láctea y la galaxia de Andrómeda se atraen gravitacionalmente, prometiendo cambiar por completo el cielo nocturno, de quien aún quede, para observar. Actualmente, Andrómeda se aproxima a unos 120 kilómetros por segundo, lo que indica que un encuentro cercano es posible en el futuro.
No obstante, la trayectoria exacta depende de su velocidad tangencial, un dato difícil de medir; incluso estudios recientes sugieren que la colisión no es una certeza absoluta. La presencia de galaxias satélites, como la Gran Nube de Magallanes, podría alterar el curso previsto hasta en un 50 %.
Y aunque el choque llegara a ocurrir “de frente”, lo cual casi nunca sucede en el universo, y las galaxias se fusionaran, las estrellas no chocarían entre sí como nos lo han contado en películas de ciencia ficción. Esto se debe a que la distancia entre los astros es tan inmensa que simplemente pasarán de largo.

Las galaxias son cuerpos supermasivos, pero compuestos por un vacío casi absoluto con respecto a las estrellas. Aunque las estructuras se fusionen y sus formas cambien drásticamente, los cuerpos individuales, mucho más pequeños que el conjunto, permanecerán intactos.
Crónica de un abrazo anunciado
Los científicos estiman que el primer acercamiento ocurrirá en unos 4 mil millones de años, tiempo en el que Andrómeda crecerá en el firmamento hasta dominar las noches. Será un espectáculo visual sin precedentes para cualquier observador que habite nuestro Sistema Solar.
Tras el primer encuentro, las galaxias volverán a separarse antes de unirse definitivamente en un proceso de fusión completa que podría tardar hasta diez mil millones de años en concluir. La materia oscura, presente en ambas galaxias, ayudará a frenar los movimientos orbitales.
El medio intergaláctico actúa como una esponja que absorbe la energía del sistema binario. Esto acelera la caída de una galaxia hacia la otra, haciendo más compacto al Grupo Local de galaxias en el que vivimos. Sin embargo, el tamaño de los halos galácticos es el factor más determinante para la velocidad.
No debemos olvidar a M33 y a la Gran Nube de Magallanes en esta ecuación, pues mientras M33 facilita la unión, la Nube de Magallanes jala para el otro lado, reduciendo la probabilidad de impacto. El equilibrio entre estas fuerzas decidirá si finalmente nos convertiremos en una sola entidad.
El Sol navegará en la marea estelar
Existe la posibilidad de que seamos arrastrados hacia una cola de marea como pasajeros en la parte trasera de un carrito de montaña rusa, lo que nos alejaría del centro galáctico, enviándonos a las regiones más externas y solitarias del nuevo sistema.
Otra posibilidad intrigante es que Andrómeda “robe” nuestro Sistema Solar antes de la fusión. Los modelos indican una probabilidad remota de que el Sol termine ligado gravitacionalmente a la ella y acabaríamos viendo a la Vía Láctea como un objeto externo.

Afortunadamente, este encuentro no debería afectar la estabilidad de las órbitas planetarias internas. El mayor peligro vendría de una posible lluvia de cometas desde la nube de Oort, pues las perturbaciones debidas a estrellas cercanas podrían lanzar estos cuerpos hacia el interior del sistema.
Algo que debemos considerar es que estos eventos coincidirán con el final de la vida del Sol. Mientras las galaxias bailan, nuestra estrella se convertirá en una gigante roja, cambiando para siempre, por lo que el destino cósmico de la Tierra estará ligado a estos procesos simultáneos.
Milkomeda: un futuro desolador
La galaxia resultante de esta colisión ha sido bautizada por los astrónomos como Milkomeda. A diferencia de las espirales actuales, tendrá una morfología elíptica o esferoidal mucho más suave, en la que las estrellas se moverán en órbitas aleatorias, sin un disco ordenado.
Curiosamente, no se espera un estallido violento de formación estelar durante el impacto, debido a que ambas galaxias poseen actualmente poco gas disponible para crear nuevas estrellas de forma masiva. Más bien, será una transición tranquila hacia una galaxia madura, poblada principalmente por estrellas viejas.
En el corazón de Milkomeda, los agujeros negros supermasivos también protagonizarán un encuentro final: tras formar un sistema binario, eventualmente se fusionarán, emitiendo poderosas ondas gravitacionales. Un evento que marcará el final definitivo de la fusión de nuestro nuevo y colosal hogar espacial.
En cien mil millones de años, Milkomeda será todo lo que podremos ver, si es que aún existimos, debido a la expansión acelerada del universo, que hará que las galaxias no pertenecientes al Grupo Local desaparezcan tras el horizonte, dejándonos en una isla solitaria, rodeada por un abismo oscuro e infinito.