Científicos usan la ciencia de atribución rápida para hallar la huella del cambio climático en olas de calor
Se produce una ola de calor excepcional, en cuestión de pocos días, los climatólogos estiman que tal fenómeno habría sido prácticamente imposible sin el calentamiento global. ¿Mediante qué mecanismos llegan a esta conclusión con tanta rapidez?

Hoy en día, cada vez que se produce una ola de calor, surge inevitablemente la pregunta: ¿Se trata de un fenómeno meteorológico habitual o de una consecuencia del cambio climático?
Un nuevo campo capaz de ofrecer respuestas rápidas
Hasta hace aproximadamente una década, a menudo pasaban meses o incluso años, antes de que la comunidad científica pudiera ofrecer una respuesta definitiva. Hoy, gracias a los avances en la modelización climática, los investigadores pueden publicar un análisis inicial en cuestión de días.
Este campo, conocido como ciencia de la atribución de fenómenos extremos, no busca determinar si el cambio climático «causó» una ola de calor, sino más bien en qué medida aumentó la probabilidad o la intensidad de dicho fenómeno.
Esta es precisamente la labor que lleva a cabo la red internacional World Weather Attribution (WWA), que reúne a investigadores de diversos países y emplea una metodología ampliamente reconocida por la comunidad científica.
Comparación entre el clima actual y el pasado
Para comprender las implicaciones, los climatólogos comparan dos mundos. El primero es el mundo en el que vivimos hoy, caracterizado por un calentamiento global de aproximadamente 1.4 °C por encima de los niveles preindustriales. El segundo es un escenario climático reconstruido en el que las emisiones de gases de efecto invernadero de origen humano no hubieran alterado el sistema climático.
Los científicos combinan observaciones meteorológicas, previsiones actuales y modelos climáticos para comparar la frecuencia e intensidad de un fenómeno concreto en ambos contextos. Para este estudio, se basaron específicamente en las olas de calor históricas de 1976 y 2003, dos grandes referencias en cuanto a olas de calor en Europa.
Su conclusión es inequívoca: la ola de calor de junio de 2026 habría sido prácticamente imposible en esa época del año sin el cambio climático provocado por el ser humano.
Cifras que hablan por sí solas
El estudio revela hasta qué punto ha cambiado el clima de referencia en el transcurso de unas pocas décadas. Si se hubiera producido una circulación atmosférica comparable en 1976, las temperaturas diurnas habrían sido aproximadamente 3.5 °C más bajas, y las nocturnas, 2.4 °C más bajas.
Incluso en 2003, año marcado por una ola de calor histórica, las temperaturas diurnas que observamos hoy habrían sido unos 2 °C más bajas, y las nocturnas, 1.3 °C más frescas. Las probabilidades también han cambiado drásticamente.
La probabilidad de experimentar un calor diurno tan intenso es ahora unas diez veces mayor que en 2003, mientras que la probabilidad de registrar noches tan calurosas es más de cien veces superior.
Estos resultados ilustran un fenómeno climatológico fundamental: los mismos patrones meteorológicos generan ahora temperaturas considerablemente más altas debido al calentamiento de la línea base climática.
Un tiempo conocido en un clima desconocido
Contrariamente a la creencia popular, esta ola de calor no fue causada por un fenómeno meteorológico sin precedentes. Al igual que en otros episodios históricos, un potente sistema de altas presiones se asentó sobre Europa Occidental, arrastrando aire muy cálido desde África bajo cielos despejados y soleados.
Según los investigadores, esta configuración atmosférica ya existía a mediados del siglo XX. Sin embargo, ahora provoca temperaturas mucho más elevadas porque la línea base climática ha aumentado. Además, los análisis descartan cualquier influencia significativa del fenómeno de El Niño; este no desempeñó ningún papel en dicha ola de calor.
El calor implica más que lo que marca el termómetro
Para evaluar los riesgos para la salud, los investigadores van más allá de la simple temperatura del aire. También utilizan el índice WBGT (temperatura de globo y bulbo húmedo), un indicador de estrés térmico que combina temperatura, humedad, radiación solar y movimiento del aire.
Este indicador ofrece una estimación mucho más precisa de la dificultad que tiene el cuerpo humano para enfriarse mediante la sudoración y sirve de referencia en los ámbitos del deporte y la salud laboral.

Los resultados son preocupantes. Entre el 18 y el 29 de junio, casi el 45 % de las 854 ciudades estudiadas en 30 países europeos, superaron o estuvieron a punto de superar los umbrales históricos de estrés térmico.
Una sociedad frente a sus propios límites
Las consecuencias van mucho más allá de los simples registros meteorológicos. Actualmente, las olas de calor provocan más muertes en Europa que todos los demás desastres naturales combinados. En el verano de 2022, se vincularon a más de 60,000 fallecimientos.
Incluso en 2023 un año más fresco, causaron más de 47,000 muertes. Se estima que tan solo la primera ola de calor de 2025 provocó alrededor de 2,300 muertes en 12 ciudades europeas.
Los impactos también afectan a las infraestructuras: una demanda récord de aire acondicionado (la más alta en al menos 45 años), un mayor riesgo de incendios, interrupciones en el transporte ferroviario debido a la dilatación de las vías, sobrecarga de las redes eléctricas y posibles reducciones en la producción de energía nuclear a medida que se calientan las masas de agua utilizadas para la refrigeración.
Las ciudades soportan la mayor parte de esta vulnerabilidad. El efecto de isla de calor urbana, el envejecimiento del parque de viviendas y las desigualdades sociales aumentan la exposición de los residentes, especialmente de las personas mayores, aquellas con enfermedades crónicas, las personas sin hogar y los colectivos económicamente más vulnerables.
Descifrar el presente para anticipar riesgos futuros
Atribuir una ola de calor al cambio climático no significa señalar a un único culpable. Más bien, implica utilizar herramientas científicas sólidas para medir cómo las actividades humanas están alterando gradualmente la probabilidad de que se produzcan fenómenos meteorológicos extremos.
Un estudio de World Weather Attribution (WWA) demuestra que, en apenas unas décadas, temperaturas que antes resultaban casi inimaginables se han vuelto mucho más probables. Esta capacidad de generar análisis en cuestión de días se ha convertido en una herramienta inestimable para los responsables de la toma de decisiones.
Permite que las ciudades, los sistemas sanitarios y las infraestructuras se adapten a un clima que cambia con mayor rapidez que nuestras sociedades. Comprender estos mecanismos es fundamental para proteger mejor a la población frente a fenómenos extremos.
Referencia de la noticia
France 24. Le changement climatique, coupable "sans équivoque" de la canicule exceptionnelle en Europe.
Keeping, T. et al.. Fossil fuel emissions have rapidly worsened European heatwaves in just a few decades.