Bancarrota hídrica y deforestación: el lado oscuro del éxito mundial del aguacate
El aguacate conquistó al mundo, pero su éxito también ha transformado ecosistemas en México. Detrás de platos y tendencias, emergen costos ambientales, resistencia y decisiones productivas: una historia que rara vez se cuenta.
El aguacate se ha convertido en un símbolo global de bienestar. Lo encontramos en desayunos saludables, en dietas balanceadas y en campañas que lo presentan como un alimento casi virtuoso. Pero pocas veces nos detenemos a pensar en el territorio del que proviene, en el agua que lo sostiene o en los bosques que han cambiado de forma para hacerlo posible.
Con el paso de los años, ha pasado de ingrediente regional a fenómeno global, impulsado por sus atributos nutricionales, su versatilidad culinaria y la expansión de los mercados internacionales. La producción global de aguacate en 2023 fue de aproximadamente 10.5 millones de toneladas. Y se espera que la demanda siga aumentando.
Mientras, en el centro-occidente de México, el auge del aguacate ha transformado paisajes completos. Donde antes dominaban bosques templados, hoy se extienden plantaciones que responden a una demanda internacional constante y en aumento. El éxito económico es innegable, sí, pero no se deben perder de vista los costos ambientales, que rara vez cruzan fronteras.
Hablar de “bancarrota hídrica” no es exagerado. Es una metáfora que describe sistemas productivos que extraen más agua de la que el entorno puede reponer, hipotecando el futuro para sostener el presente. En muchas regiones aguacateras, el agua se vuelve un recurso cada vez más disputado.

Pero ¡OJO! Este no es un texto contra un fruto ni contra quienes lo cultivan. Es una mirada al sistema que sostiene su éxito mundial y a las decisiones económicas, ambientales y políticas, que moldean el paisaje, el bosque y el agua de una de las regiones más biodiversas de México.
Un bosque que se rompe
El problema no es solo cuántos árboles se talan, ni cuántas hectáreas se convierten en monocultivo. El impacto, más silencioso y profundo, llega por fragmentación del bosque, alteración del ciclo del agua y una presión creciente sobre territorios que ya eran ecológicamente sensibles.
Estudios recientes sobre paisajes dominados por este cultivo en Michoacán muestran que, aunque persistan parches de bosque, estos quedan aislados entre plantaciones. Entre fragmentos se rompe la conectividad ecológica y el bosque deja de funcionar como un sistema continuo.
La fragmentación dificulta el desplazamiento de especies, altera procesos ecológicos clave y vuelve al bosque más vulnerable a incendios, plagas y degradación progresiva. Un bosque fragmentado no es un bosque sano.
El monocultivo simplifica el paisaje, al sustituir la rica diversidad del bosque por hileras uniformes de árboles productivos. Esta homogeneización reduce la capacidad del territorio para regular temperatura, retener humedad y amortiguar eventos extremos. Además, al perder la cobertura forestal continua, el suelo queda más expuesto a la erosión y a la pérdida de nutrientes.
El agua que sostiene el "oro verde" mexicano
El aguacate es un cultivo exigente en agua, especialmente en regiones con estaciones secas muy marcadas. Su producción intensiva requiere riego constante, incrementando la presión sobre acuíferos, manantiales y corrientes superficiales. Pero el impacto no siempre se percibe de inmediato.
La sobreexplotación del agua ocurre de forma gradual, pero persistente. Se percibe en pozos que deben profundizarse, manantiales que reducen su caudal y suelos que pierden humedad. Aquí es donde la idea de bancarrota hídrica cobra sentido. Se trata de sistemas productivos que funcionan mientras hay agua disponible, sin considerar los límites naturales del territorio.
Y cuando el equilibrio se rompe, las consecuencias recaen primero en las comunidades locales y en los ecosistemas, no en los mercados internacionales. Así, el éxito económico del aguacate se construye, en muchos casos, sobre una fragilidad ambiental creciente que no se ignora en las estadísticas de exportación.
No todo aguacate es igual
Sin embargo, frente al modelo extractivo dominante, surgen alternativas que parten de una lógica distinta. En varias comunidades indígenas de México han optado por sistemas agroforestales, donde el aguacate convive con el bosque en lugar de reemplazarlo. Bajo este enfoque se mantienen especies nativas, se conserva la cobertura vegetal y se evita la transformación total del paisaje.
Estos métodos alternativos limitan la expansión, reducen la presión hídrica y conservan la estructura del ecosistema. No buscan maximizar los rendimientos a corto plazo, sino mantener un equilibrio entre producción, territorio y cultura. El ecosistema sigue regulando la humedad del suelo, la temperatura local y los flujos naturales de agua, reduciendo así la necesidad de riego intensivo.
Estas comunidades limitan deliberadamente la expansión de las huertas, aun cuando el mercado ofrece incentivos para crecer. La producción se ajusta a la disponibilidad de agua y a la capacidad del territorio, no al revés.
Porque la diferencia no está en el cultivo, sino en el modelo que lo sostiene. El conflicto no es aguacate contra bosque, sino monocultivos intensivos contra sistemas que respetan los límites del entorno. La degradación ambiental no tendría por qué ser un costo inevitable del éxito de cultivos como el aguacate.
El dilema detrás del superalimento
El consumo global rara vez considera el origen de lo que se come. El aguacate se promociona como saludable, pero, como tantas otras veces, su historia ambiental queda fuera del relato. Y, justamente, es la distancia entre el consumidor y el territorio productor la que facilita esa desconexión.
Certificaciones, etiquetas verdes y discursos de sostenibilidad suelen centrarse en el producto final, no en el paisaje que lo produce. Mientras tanto, los costos ambientales sí se concentran localmente. Pero nada de esto ocurre por inercia.
Detrás de cada huerta que se expande, de cada pozo que se profundiza y de cada bosque que se fragmenta hay decisiones. Son decisiones tomadas en políticas públicas, en cadenas de suministro y también en mercados que premian el volumen sin mirar el territorio.
En los últimos años, se han impulsado esquemas de certificación que buscan excluir fruta cultivada en tierras deforestadas recientemente. Pero estas iniciativas dependen del monitoreo riguroso y de que toda la cadena se comprometa. Mientras, en los territorios productores, comunidades locales han enfrentado amenazas y violencia por oponerse a la deforestación ilegal.
El aguacate no es el villano de esta historia. Lo es un modelo que prioriza la rentabilidad inmediata sobre la salud a largo plazo de los ecosistemas. Uno que consume agua como si fuera infinita y fragmenta bosques como si fueran prescindibles. Entenderlo no implica dejar de consumir, sino empezar a cuestionar cómo y dónde se produce.
Referencias de la noticia
Estimating Fragmentation and Connectivity Patterns of theTemperate Forest in an Avocado-Dominated Landscape to Propose Conservation Strategies. Marzo de 2023. María Camila Latorre-Cárdenas, Antonio González-Rodríguez, Oscar Godínez-Gómez, Eugenio Y. Arima y colaboradores. Land 12.
In Mexico’s ‘Avocado Belt,’ Villagers Stand Up to Protect Their Lands. 2 de mayo de 2025. Agustín Del Castillo y Fred Pearce. Publicación en Yale Environment 360.