No pases frío: la técnica de vestirse por capas de cebolla para enfrentar el tiempo cambiante de México
En México, el invierno no se siente igual todo el día. Vestirse por capas es la mejor estrategia para adaptarse a los contrastes térmicos y protegerse del frío... sin pasar calor.

Salir de casa en invierno en México suele ser un pequeño ejercicio de fe. El día puede comenzar con aire muy frío, chamarra cerrada y manos entumidas, para transformarse al mediodía en un escenario más cálido que obliga a desabrigarse. Al caer la tarde, el frío regresa, recordándonos que el invierno sigue aquí, aunque a ratos parezca distraído.
En la última década, la mínima media mensual en enero, a nivel nacional, oscilaron entre 7.2 y 9.2 °C. Los estados con las temperaturas más bajas se concentran en el norte y el Altiplano central —Chihuahua, Durango, Estado de México, Tlaxcala y Zacatecas— donde la altitud y la influencia directa de masas de aire frío acentúan el invierno, y el termómetro cae por debajo de los 4 °C.
Este comportamiento no es casual. El primer mes del año es uno de los meses con mayor influencia de frentes fríos en el país, modificando la temperatura, el viento y, en algunos casos, la humedad. Aunque no todos llegan con lluvias o descensos extremos, sí generan cambios suficientes para que el tiempo se sienta inestable, especialmente en el norte, el centro y en zonas elevadas.
A esto se suma la compleja geografía mexicana. Las montañas, los altiplanos y la cercanía de mares hacen que el aire frío se canalice, se estanque o se mezcle con aire más cálido. Así, una misma jornada puede ofrecer contrastes térmicos marcados entre la mañana, la tarde y la noche.

Frente a este vaivén térmico, existe una estrategia simple, eficaz y basada en principios básicos de la física: vestirse por capas. Conocida popularmente como la técnica de la cebolla, no busca abrigar de más, sino adaptarse al tiempo cambiante sin pasar frío… ni calor. Y no, no es exclusiva de enero.
Entre mínimas y máximas
Cuando comienza el año, no solo las mínimas son más bajas, sino que el balance térmico diario completo se desplaza hacia valores más fríos. A lo largo del día, la temperatura sube y baja, pero no lo hace al azar. Sigue un ciclo diario bien definido que responde al balance entre la energía que recibe la superficie terrestre y la que pierde hacia la atmósfera.
La temperatura mínima suele alcanzarse poco antes del amanecer, generalmente en las primeras horas de la mañana, entre las 05:00 y 07:00 hora local. Durante la noche, la superficie terrestre pierde calor continuamente, y mientras no hay radiación solar entrante, este enfriamiento se acumula. Por eso, el punto más frío se registra justo antes de que el Sol vuelva a calentar el suelo.
En cambio, la temperatura máxima no ocurre al mediodía, sino a primeras horas de la tarde, entre 14:00 y 16:00 hora local. Aunque el Sol alcanza su mayor altura alrededor del mediodía solar, varias horas después la superficie sigue absorbiendo más energía de la que pierde. Esa inercia térmica retrasa el momento en que se alcanza el máximo de temperatura diario.
Los últimos 10 años la temperatura máxima media mensual, a escala nacional, oscilaron entre 23.2 y 25.5 °C en enero. Pero ¡OJO!, lo importante no es el valor absoluto de las temperaturas, sino el contraste térmico debido a la diferencia entre la mínima y la máxima del mismo día. Las mínimas suelen ser muy bajas en la madrugada, mientras se alcanzan valores templados por la tarde.
Y, aunque el desfase entre radiación solar y temperatura explica estas variaciones a lo largo del día, su intensidad depende de la nubosidad, el viento, la altitud, la humedad y el efecto de isla de calor urbano. En invierno, y especialmente en enero, cielos despejados, aire seco y la presencia de masas de aire frío pueden acentuar aún más estos contrastes.
La técnica de la cebolla
Ante estos contrastes, vestirse por capas, la conocida técnica de la cebolla, busca adaptarse a un día que cambia térmicamente en pocas horas. Esta estrategia permite regular el calor corporal sin incomodidad durante todo el invierno.
La primera capa, en contacto directo con la piel, facilita la transpiración. Durante la mañana fría o al caminar, el cuerpo genera calor y sudor. Si esa humedad se queda atrapada, al enfriarse provoca una sensación térmica más baja. Por eso, esta primera capa debe ayudar a mantener la piel seca y permitir que el calor corporal se regule de forma eficiente.
Entonces, primero, convienen prendas ajustadas como camisetas térmicas o playeras de manga larga hechas de fibras sintéticas de secado rápido o lana merino. Estos materiales ayudan a evacuar el sudor y evitan la sensación de frío que produce la humedad atrapada. El algodón, en cambio, no es lo ideal, porque retiene la humedad y enfría el cuerpo.

La capa intermedia es la encargada de aislar y conservar el calor. Su función no es generar temperatura, sino atrapar el aire caliente que produce el cuerpo. Suéteres, forros polares o chamarras acolchadas ligeras cumplen bien este papel y tienen la ventaja de poder retirarse fácilmente cuando la temperatura sube durante el día.
Por su parte, la capa exterior protege del entorno. Su objetivo es reducir la pérdida de calor causada por el viento, la lluvia o la humedad, que pueden intensificar la sensación de frío. En días con viento o tras el paso de frentes fríos, esta capa resulta clave. Aquí entran las chamarras cortaviento, impermeables o abrigos que bloqueen el viento y la humedad.
En conjunto, las capas funcionan como un sistema flexible que se ajusta a los cabios de temperatura a lo largo del día y no implica un número rígido de prendas. Cuando hace más frío pueden sumarse varias capas delgadas en lugar de pocas prendas gruesas, una estrategia común en países con inviernos más severos.
Tips extras
Además del torso, hay zonas del cuerpo que pierden calor con rapidez y no deben descuidarse. La cabeza, el cuello y el rostro están altamente expuestos, por lo que gorros, bufandas, cuellos altos o cubrebocas térmicos pueden marcar una gran diferencia, especialmente durante las primeras horas de la mañana.
Las piernas también importan. Los pantalones térmicos, mallas interiores o telas más gruesas ayudan a conservar el calor, sobre todo en regiones altas donde el viento y el aire seco intensifican la sensación térmica.
El calzado completa el sistema. Zapatos cerrados, con suela aislante y, de ser posible, resistentes al viento o la humedad, reducen la pérdida de calor por contacto con superficies frías. En días especialmente fríos, calcetines térmicos o de lana pueden mejorar notablemente el confort.
¡Y, sobre todo, mantente al tanto del estado del tiempo! Así, en un invierno tan variable como el mexicano, la mejor estrategia no es una sola chamarra, sino la posibilidad de adaptar capas a lo largo del día. Aquí, vestirse por capas no es exageración, es ser prácticos ante el contraste térmico diario. Y mantente al tanto del estado del tiempo.